QUE ANDE EL BURRO  

Publicado en: Alfa Colectivo, UASLP

 

Don Cástulo, rico habitante de Santa Rosa, había enviudado hacía más de diez años, y sea por respeto a la memoria de doña Quetita, su difunta esposa, o fuera porque se acordara bien de sus años de matrimonio, el caso era que había resistido los embates matrimoniales de cuanta soltera había en el pueblo, quienes finalmente cansadas de tanto desaire, habían puesto sus miras en otros prospectos. Todas, excepto Jacinta Quien no sólo era la más terca, sino también la más fea.

Durante diez años Don Cástulo se había visto asediado con singular constancia de la mañana a la noche. En la misa, como quien no quiere la cosa, coincidían no importaba cuantas veces él hubiera cambiado de horario o de iglesia. Ella se sentaba junto a él y, con amabilidad extrema, abría su libro de oraciones para compartir, cerquita cerquita, la lectura o, peor aún, los destemplados cantos. Incansable, Jacinta le enviaba panecillos recién horneados, buñuelos por navidad, capirotada en cuaresma y no amanecía el día que no se la encontrara “casualmente” hasta en la sopa.

Así las cosas la revolución llegó una mañana al poblado. –Ahí vienen las soldaderas, anunció la chiquillada y poco después entró la avanzada del ejército del caudillo en turno.

Poca resistencia encontró por parte de la escasa docena de federales emplazados en el pueblo y quienes, para no buscarle, a las primeras de cambio se enrolaron en la bola.

-Órale pelones, vociferó el caudillo, a ver si me van arriando pa´ca esa bola de ricos jijos. Nomás y no entreguen los dineros del pueblo y me los trueno, y pa´más, manque aflojen la lana, mesmamente y me los cargo.

Por demás está decir que entre los primeros que arriaron estaba precisamente Don Cástulo. Y arriar estaba bien empleado pues los soldados lo mismo jalaron con hombres que con bestias y levantaron cuanto caballo y burro se encontraron.

Ya entrados en juicios, para mayor humillación se le ocurrió al caudillo que “pos aprovechando” la ocasión, se ajusticiara a los prisioneros montados en un burro. –Pero, eso si, bola de pelones, cuidadito y le atinen al burro de abajo, porque me los quebro a ustedes también.

Pocas esperanzas tenía Don Cástulo de salir bien librado de esa. Con temor creciente miró cómo, sin importar las súplicas, uno a uno los vecinos eran arrastrados rumbo al paredón.

El único que se había salvado, hasta el momento, era Don Pedrito, cuya mujer se arrojó a los pies del caudillo implorando la vida de su marido pues –Al fin y al cabo, le dijo, ya le entregamos todo el dinero, ¿no? Entonces también somos pobres. Y entonces, ¿Qué voy a hacer yo, una viuda pobre con seis hijos?

—Ah, pos si, qué de lógica, dijo el caudillo, —A esta mujer no le falta razón. Ándale tú, vete pa´ tu casa y cuida a tu vieja, que le debes la vida.

Seguía el turno a Don Cástulo, y no obstante su miedo a enfrentar la muerte, no les daría el gusto que lo vieran suplicando. Así es que dignamente subió al burro a esperar su destino.

Pero aparentemente su destino era otro, porque de pronto, abriéndose paso entre la multitud, Jacinta se lanzó a las rodillas del caudillo llorando como plañidera y suplicando por la vida de “su marido”

El corazón del caudillo, como se dice, ya había sido tocado, y como el mismo decía; no era un desalmado. Miró largamente a Jacinta y suspirando le dijo a don Cástulo: -—Pos bueno tú, pero qué vieja tan chillona tienes… pero, ya en la bola, si esta es tu mujer peor pá ti, anda y vete.

Don Cástulo miró a Jacinta, quien con la cara descompuesta por el llanto se aferraba a sus piernas. Vio su gesto, pleno de amoroso triunfo, sintió la fuerza de la devoción que lo ataba con cadenas que reclamarían gratitud eterna y entonces, serenamente, con la frente en alto dijo: -—Que ande el burro, ¡Vámonos al paredón!

 

 

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El Sacramento de la Confesión

El sacramento de la confesión

 

—Acúsome padre, que mi marido me engaña.

—Pobre Romelia contigo no hay nada que hacer. Ese no es tu pecado y tú no puedes confesar lo que no es tuyo. Deja en paz los pecados de tu marido y no juzgues a tu prójimo.

—Pero si es no es mi prójimo, ¡es mi marido!

—No seas simple Romelia, claro que sí lo es. Y si lo piensas bien no te engaña, porque tú lo sabes, lo que debes hacer es perdonarlo y ofrecerle al Santo Niño tu pena para el perdón de tus pecados.

—Pos, cuales pecados padre, si yo no tengo pecados, el de los pecados es Pancho.

—No digas tonterías, estás pecando de soberbia, todos somos pecadores desde que nacemos con el pecado original.

—Pos eso si que no lo entiendo, ¿cuál pecado original?

—Te lo he dicho, el de nuestros primero padres.

—Total que los de Pancho, no son “del” y los de los padres son míos. Pos mire usted que malas cuentas hace, ¿y las palizas que le dije que me arrima el Pancho?

—Eso no cuenta, ante Dios él es tu marido y le debes respeto, ya lo perdonará Dios cuando venga a confesarse.

—¡Ora sí que la fregamos! así que nomás que se confiese y lo perdona. Si ese no tiene perdón de Dios.

—No seas necia mujer, en su infinito amor Dios todo lo perdona. Mira ya vete y reza tres rosarios por decir malas palabras en la iglesia.

–Total, ¿no va a decirle nada a Pancho?

—Deja que él se confiese y entonces él arreglará sus cuentas con el Señor.

 

Romelia, salió confundida y más triste de lo que entró a la iglesia. Ya no podría soportar otra paliza y Pancho no iba a cambiar. Era un mujeriego abusivo y Dios lo iba a perdonar de todos modos.

 

—Y dime hija ¿hace cuánto que no te confiesas?

—¿Qué ya no se acuerda padre? de la otra vez, hace casi un año.

—Bueno, bueno, déjalo y di tus pecados.

—Acúsome padre que ya me divorcié de Pancho

–El divorcio está prohibido, cuando te casaste fue para toda la vida, en las buenas y en las malas. Ve y pide perdón a tu marido.

—Pero si ya me confesé.

—Tú no entiendes nada del sacramento de la confesión, estás en pecado porque la situación persiste, sigues pecando cada día que estés divorciada. No te puedo dar la absolución hasta que la situación de pecado esté resuelta. ¿Entiendes?

—Pos, no. Si Pancho vive con una vieja, pos mejor que yo me divorcie ¿no cree? Me dijeron que una sí se podía divorciar, que era mejor que cada uno se fuera por su lado y en paz.

—Pues de poder, se puede, pero es pecado. Tú vives en constante pecado y tu condenación será por toda la eternidad.

—¿Y Pancho? Él tiene la culpa.

—Deja en paz a tu marido, no es a ti a quien le toca juzgarlo.

—¡Pero si ya no es mi marido!

—Siempre será tu marido, hasta que la muerte los separe. ¿Qué ya no te acuerdas?

—¡Pero si Pancho tiene treinta años! ¿Cuándo quiere usted que se muera?

—No dices más que tonterías. Cuando hayas arreglado tu asunto vienes para que te confieses. Porque esta vez no vale, pues el pecado persiste.

 

Romelia cayó en franca depresión. Ella que no tenía ninguna culpa, estaría condenada por toda la eternidad.

 

—Dime hija ¿hace cuánto que no te confiesas?

–Y otra vez con esas, soy yo padre, Romelia. Acúsome padre que ya resolví la situación con Pancho, soy viuda.

-Pero eso es necedad hija, enviudar no es pecado.

–Pos ya sé, usted ya me dijo que hasta que la muerte nos separe y Pancho ya está bien muerto; yo misma lo maté. Ya puede usted perdonarme, la situación está resuelta, no peco porque ya no estoy divorciada y… lo del muertito…pos ¡a la chingada! ¡yo ya me confesé!

 

El cuento fue seleccionada en el V Premio de cuento Corto de la Editorial Endira y Publicado en la Antología: Resistencia, Alfonso Días y Otros Autores, Querétaro, 2018

 

El último deseo

 

 

Rufino, a pesar de su relativa juventud era ambicioso, avaricioso y ruin. Había amasado una fortuna considerable con el viejo y sencillo sistema de usura inmisericorde  pero nunca parecía tener suficiente. Posiblemente más que dinero deseaba poder.  Había comprado tierras, puestos y títulos pero con el tiempo su codicia crecía más que su riqueza. Todo el oro del mundo no bastaba.

Así es que deseó el oro de otro mundo, del cielo o del  infierno si fuera necesario. Pero no era sencillo, tal parecía que el cielo no escuchaba sus ruegos; —El oro es cosa del diablo, le dijeron.  Si el cielo no respondía, invocaría al diablo.

Pero el  demonio tampoco parecía dispuesto a servirlo fácilmente, por lo que se dio a la búsqueda incansable de cuanto libro, documento o registro le dijeron guardaba la fórmula para conjurar al demonio y su infierno.

Consultó sabios, escribas, bibliotecarios, maestros, brujas, hechiceros,  magos y charlatanes, viajó hasta el fin del mundo y poco a poco fue reuniendo una colección casi tan grande como sus deseos. Ciego en su ambición invirtió casi toda su riqueza, pero ¿qué era comparado con lo que podría obtener?  El mundo,  el universo,  todo.

Con esa sola idea se dio a la tarea de descifrar  textos, descartar los inservibles, interpretarlos; su cama se olvidó de él, las mañanas lo sorprendían dormitando sobre su escritorio. Se olvidó de comer y casi  olvidó que fuera de su biblioteca existía un mundo que latía con amor y pasiones, que al invierno seguía la primavera. El día era igual a la noche. Excepto esa noche.

Esa noche, estaba seguro, por fin lo lograría. Sabía todo lo que tenía que saber, no ignoraba ciencia ni conocimiento de su tiempo y esa noche Satanás estaría a su servicio.

Con más curiosidad que temor vio cómo en el centro de la sala se formaba una figura que parecía emerger del fuego de la hoguera. Las llamas alcanzaban el techo y se enlazaban como cadena de serpientes. No lo imaginó así. Las paredes crujían como huesos destrozados y el suelo se abrió para dar paso al Señor del Abismo.

Quizá en el fondo de sí nunca soñó lograrlo, tal vez el terror era demasiado o simplemente la sorpresa lo invadió porque las palabras del demonio tardaron en llegar a su mente. Lenta muy lentamente solo escuchó la última frase: Tres deseos por tu alma.

¿Tres? ¿Sólo tres? Casi como un reflejo calculó la magnitud y se escuchó diciendo: ¿tres?¡ Esto era un sueño! ¡Quiero pensarlo!

¡Concedido

No podía creerlo, toda su vida,  su fortuna, tanto esfuerzo y sacrificio y en el último momento lo había perdido. El llanto invadía su alma. Había desperdiciado un deseo miserablemente. En su desesperación buscaba en su mente el otro deseo, el segundo deseo: maldito mil veces, quiero tu oro, todas tus riquezas, quiero todos los tesoros del infierno.

Vio la sonrisa socarrona del demonio, se sintió transportado por el tiempo, los aires, por el cosmos y en ese momento lo supo: había fallado. Estaba en el infierno, rodeado de ricos metales, candentes olas de oro y ríos derretidos de plata. Se hundía en un pantano de dorado cieno y lo tragaban las arenas de argentinos granos.

El terror invadió su alma, el fuego del infierno era poco comparado con el horror que cruzó su mente: el tercer deseo, no podía equivocarse, era el último deseo. Supo que no había opción  y  en el paroxismo del dolor sus palabras sellaron el destino: Por favor, que todo sea un sueño.

Griselda Gómez

Publicado en: Trébol de Cuatro Hojas, UASLP, 2000

 

Deseo

Que

El sol de tu piel

abrace mi alma

y que tus manos,

revelen a mi cuerpo

palmo a palmo,

secretos de amante.

Deseo

fundirme en tu boca

con el beso infinito de mis sueños

que me lleves

más allá de mis anhelos

y que tu voz

le prometa a mi deseo,

que acunarás mi cuerpo

entre tus brazos.

Publicado en: Alfa, UASLP, enero-junio, 2003

PIROPOS

 

Griselda Gómez P.

¡Güera, güera! …Si me muero, ¿Quién te encuera?

Debe haber alguna razón: la cal que les penetra los pulmones, arena en los zapatos, el sol que derrite las suelas y les deja la piel más curtida que una zalea, los ladrillos que de uno en uno hasta llegar a mil, diez mil, un millón, se trasforman en monotonía de hoy y mañana, después y siempre igual. Escombros, cascajo.

Taladro eléctrico que parece demoler juntos el concreto y los sesos. Seudo piropos que caen como marros en las orejas.

¡Mamacita! ¡Qué bonitas nalgas!

Tener que rodear toda la manzana, cambiarse de banqueta o simplemente intentar no pasar por ninguna construcción; sea casa habitación, camino, nuevo pavimento, edificio. Esquivar cualquier cosa que necesite pico y pala. Lugar donde la realidad cae a plomo sobre las aceras, al mismo tiempo que desde los andamios caen como adoquines insultos disfrazados de piropos y a veces, tal vez por error, algunos casi genuinos.

¡Voltéate chiquitita que aquí está tu Goloso de Rorras!

El tiempo no alcanza para describir lo que un albañil puede dejar caer. Martillazos que pegan y aturden. Palabras-ruido que te persiguen por las calles y por los años, que te atan las frases a la boca sin encontrar forma de regresar el golpe.

Odio callado. Viejos jijos… ¡Ojalá que se mueran!

Al paso del tiempo efectivamente parece que se han muerto; no están. Se fueron o se perdieron. Cambiaron a otras partes donde no se los ve, ni se oyen. No hay cantos, ni silbidos, chisteos, piropos ni rechiflas.

Silencio

Silencio al caminar las calles donde los edificios se levantan, trasforman y derriban con la ausencia de albañiles y sus bocas. Sombras y manos que se agrietan, espaldas que se doblan, pies que arrastran piezas prefabricadas y silencio. Hubo de pasar más de medio siglo y al fin no están los albañiles, desparecieron. Los piropos fueron remplazados por… ¿ausencia?

¿Indiferencia?

¿Es acaso que a diez lustros de la secundaria ahora, además de contribuir al urbanismo, los albañiles contribuyen a la urbanidad? ¡Qué cambio!

¿Qué cambió?

¿Es que no soy la misma? Tal vez sea porque ahora las construcciones quedan a la distancia del automóvil: ventanillas cerradas, clima artificial constante, paisaje cambiante a 80 kilómetros, Chopin en CD, fuga con Bach, Beethoven y…La Patética.

Los piropos no existen.

Las voces enmudecieron como el espejo cuando percibe un acordeón de penas pintado en el rostro por el sol y el llanto; un cuerpo invisible a fuerza de realidad que al pasar deja caer una doblegada sombra sobre la banqueta al mismo tiempo que, desde los andamios, caen los silencios como adoquines de indiferencia.

Palabras-silencio que te persiguen como insultos de olvido por las calles y los años. Los piropos no dichos, las frases no oídas que se resbalan de los ojos sin encontrar la forma de regresar el golpe. Viejos jijos. Odio líquido que desea que se mueran.

A la una de la tarde el sol y los albañiles salen a comer a la orilla de la banqueta. Sus rostros, con pestañas de blanca cal, miran otras calles y otros cuerpos. Lejanos y ajenos.

Observo cómo un albañil se despoja respetuoso de su cuartelera de periódico al paso de esta carroza fúnebre donde me acomodé para dormir un rato y hasta donde –en entresueños- escuché el último piropo:

¡Qué Dios le tenga en su Gloria!

Tener que morirse para poder pasar sin penas por una construcción. ¡Valgan pues los malos deseos del primer piropo y las buenas intenciones del último!

Estamos en paz.

La manda

 

 

 

La fiebre empezó a bajar, la carita tomó un aire de paz y poco a poco, plácidamente se quedó dormido. Manolita no paraba de rezar. Había pasado de las súplicas a las promesas y ahora a la acción de gracias. – Dios mío, Santísimo Padre, me has tocado con misericordia. Es un milagro, pero eso sí, nomás y que se acabe de curar el niño y luego luego te cumplo tu manda.

Nomás fue que le rezara al Santo Señor de Chalma y ya se vio el milagro, ¿cómo querían que con la pura medicina se aliviara?  Así mejor se aseguraba por los dos lados. Irían a la peregrinación.

– ¿A Chalma? ¿A pié? ¿Estás loca?

– Cómo serás mal agradecido. Eso sí, el Señor te salva a tu hijo y tú mira cómo le pagas.

– Yo no le debo nada, yo no prometí nada. Ve tú, ni quien te detenga.

– No querrás irte al infierno ¿verdad? Yo le prometí al Señor que iríamos y si  algo vale la vida de tu hijo, vas a cumplir la promesa. Con  Dios no se juega. Faltaba más.

 

La mañana que salieron, Manolita no cabía en sí de orgullo. Su marido la llevaría a Chalma como ella prometió. Bien verde que se quedó la comadre Juana, a quien su marido ni siquiera la dejó ir. ¡Viejo descreído! De todas formas en la peregrinación se acompañaría de su prima Conchita y de su rosario. En cuanto a Pedro su marido; en el camino ya se le pasaría la muina.

El entusiasmo de la primera jornada los llevó a la cabeza de los peregrinos, y Manolita no hubiera querido parar tan pronto, pero ya estaba oscuro y la verdad los zapatos no resultaron tan cómodos como ella habría esperado. Seguro era porque se le hincharon un poco los pies, pero al día siguiente, ya amoldados los zapatos y ella bien descansada podría caminar mucho más.

Nunca le había parecido tan larga una noche. Quien fuera a pensar que, en pleno verano, hiciera frío en el monte. Casi no pudo conciliar el sueño y  no fue culpa del esliping que le prestaron, pues la verdad sí calentaba un poco, pero el frío estaba canijo y el suelo  rete duro. Cuando Pedro la despertó ya casi todos estaban desayunando y  algunos, los veteranos, habían salido antes que el sol.

Pero al mal tiempo buena cara. Desayunó al paso. Lo bueno es que la orilla de la carretera más parecía fonda. Vendían de todo: Atole, gorditas, tamales, fruta, agua fresca y hasta pollos rostizados y jumiles. Le entró parejo. La caminada le había despertado el hambre y no cabía duda que, ya acostumbrada, el ejercicio le iba a caer bien. Y todo hubiera salido como lo pensó, pero al caer la tarde el estómago comenzó a dar señales alarmantes.

Seguro y fue la lechuga de los sopes, a ver si no es infección intestinal.  Pero ya ves – dijo Conchita – yo también comí sopes y no tengo nada, a lo mejor fue el agua fresca. Lo que fuera que la dañó, el caso es que al día siguiente no pudo caminar ni un tramo. La pobre Manolita no pegó el ojo en toda la noche y se la pasó corre que te corre a los matorrales. Llegó a pensar que era culpa de la comadre Juana, que de pura envidia le hizo mal de ojo.

Gracias a Dios que al otro día se pudieron agregar a otro grupo que pasaba y si bien apoyada en el brazo de su marido no dejaba de pensar con tristeza que ya había perdido un día de camino. Uno propone y el diablo lo descompone. Esa jornada fue menos afortunada, pues Manolita se sentía débil y deprimida. No se oyeron sus rezos y de los cantos ni hablar. Caminó callada como nunca en su vida lo había hecho.

No supo si fue el cansancio o la deshidratación pero todo pareció mejorar esa noche; durmió como una bendita al grado que Conchita le dijo que hasta había roncado como un aserradero, sin contar con los ruidos del estómago que aún no curaba del todo. – Ojalá no hubiera hecho ese comentario. Dolida Manolita por la falta de comprensión, se hicieron de palabras y ese mismo día su prima se unió a otro grupo de peregrinos y nunca más se volvieron a hablar.

Lo más triste estaba por venir cuando comenzó a llover. Los zapatos mojados se volvieron tal tormento que fue preferible continuar descalza. Protegida por dos pares de gruesas calcetas Manolita perdió la cuenta del tiempo que caminó hasta que felizmente una tarde  alcanzó a ver El Árbol. La meta estaba tan cerca y sin embargo no pudo continuar. El llanto la conmovió a tal punto que cayó de rodillas y dio gracias a toda la corte celestial por haberle concedido la fuerza para cumplir su promesa. Esa noche durmió llena de alegría y con la certeza de que al día siguiente bailaría a la sombra del Árbol para cumplir su palabra.

Compró flores para hacer su corona y hasta tejió una para Pedro, pero no hubo forma de que él se la pusiera ni que la secundara en el baile. Pero eso sí, colgó su corona junto a la de ella más alto que ninguna otra y ya casi al medio día Manolita, agotada pero triunfante, caminó el corto trecho que la separaba de la iglesia y casi sin aliento entró de rodillas al templo.

Manolita no cabía en sí de gusto al ver que a Pedro ya se le había pasado el coraje y ahora estaba ahí, arrodillado a su lado, con los ojos cerrados y rezando con una devoción que ella nunca se imaginó. Salieron de la mano y cumplida la promesa le pidió a Pedro que la ayudara un poco más, sólo lo necesario para llegar al autobús que los llevaría de regreso.

Las palabras de Pedro le llegaron lejanas, suaves, como si fueran pronunciadas en un túnel: — Imposible Manolita, ahora mismo yo le prometí al Santo Señor que nos regresaremos a pié. Con Dios no se juega. Faltaba más.

 

San Luis Potosí, SLP marzo.                                         Publicado en . Colectivo, UASLP, 2004

 

In Memoriam

Griselda Gómez P

 

Blanca Nieves contempló su imagen: las endrinas trenzas, la silueta de suave contorno, alba belleza, dulce, como el agua del río. Sus labios –donde alguna vez el fuego reposara- se abrían como promesa.

Blanca Nieves apartó la vista del viejo retrato de su juventud y se miró al espejo. Entonces, decidió matar a su hijastra.

Publicado en: Alfa, UASLP, enero –junio, 2003

 

La Biblioteca

 

Abrió la puerta y se ajustó los lentes. La visión lo deslumbró; las filas de estantes llegaban hasta el infinito. Los libros, alineados, daban a la biblioteca una belleza rayante en la perfección. Miles de libros colocados con cuidado estante tras estante.

Tomó el volumen más cercano a él. Sin duda se trataba de una encuadernación mozárabe. Acarició suavemente las pastas, las acercó a su cara. Olió el tiempo y los sueños. Cuántas veces había deseado tener una biblioteca como ésa. Podría pasar la eternidad en ella. Leyendo y descifrando libro tras libro. Definitivamente: así tenía que ser el paraíso.

En esa biblioteca debería estar la suma de los conocimientos del universo. Su suerte coronaba todos sus deseos; él, cuyo único pecado era la ambición de conocimientos, era premiado – en la flor de la vida- con todos los libros del universo. Bebería letra por letra e iría absorbiendo cada uno de los secretos, la magia, la ciencia… nada ignoraría. Serían suyos los pensamientos del hombre: Nostradamus, Tolomeo, Descartes, Newton. El conocimiento y el poder infinitos.

¿Cuánto tiempo tardarían en hacer ese libro? Por su aspecto, posiblemente tenía en sus manos uno de los ejemplares más valiosos de la colección. Del estante más cercano tomó otro libro. El tamaño era el mismo, rápidamente hizo un cálculo: 42 centímetros. Volteó a mirar los estantes, todos los libros parecían tener la misma altura, únicamente variaba el grosor. Realmente todo era igual. Contó los libreros: agrupados de trece en trece, con trece entrepaños que casi alcanzaban las bóvedas.

Recorrió trece salas, atravesó un pasillo y encontró otra edificación exactamente igual seguida de otra más y otra y otra… Efectivamente aquello parecía infinito.

Miró cuidadosamente las encuadernaciones de los libros; el grano tan aparente era sin duda de piel chagren. Los había en marrón claro y marroquí rojo adornados por amplios contracantos dorados, cuatro costillas y cabezadas tejidas en oro. La tapa superior estaba ricamente ornamentada: florones gofrados, cuya técnica se empleó en el siglo XII, formaban las cuerdas entrelazadas del característico estilo mozárabe, en la tapa inferior tenía cinco bullones repujados para protegerlo del roce de la mesa. Al frente, los frisos dorados se repetían en las cuatro esquinas, y para los hierros solitarios habían elegido por tema una especie de flor de trece pétalos. Era un trabajo perfecto, obra de un antiguo biblioplegista.

Hizo una pausa y se ajustó los lentes, abrió el libro que tenía en las manos, la portada estaba delicadamente miniada y en cada página, sin excepción, el margen había sido cuidadosamente elaborado en oro, mismo que enmarcaba una hermosa filigrana de hojas y flores. El blanco de las flores era brillante, en contraste con el cremoso aterciopelado de las hojas del libro.

Las capitulares estaban miniadas en todas las páginas y cada una de ellas era una obra de arte. El grabado y la iluminación representaban formas y seres inimaginables de fantásticos mundos.

Miró en derredor suyo y localizó una mesa junto a una de las ventanas del edificio. Se acercó y miro a través de los cristales emplomados; más y más salas amuebladas únicamente con libreros del piso al techo. Maravilloso. Quizá hasta fueran otras bibliotecas.

Continuó hojeando el libro. Rápidamente detectó que después de cada trece hojas se localizaba un grabado al aguafuerte, por sorprendente que pareciera estaban en color, colores brillantes, increíbles. Las imágenes representaban animales fantásticos nunca vistos en ningún otro documento. El artista que ilustró ese libro tenía una imaginación no igualada ni siquiera por los ilustradores de la edad media. Animales indescriptibles, pasajes cósmicos, seres fantásticos y vegetación que rayaba en la pesadilla, plantas que se enroscaban alrededor de extrañas estalagmitas.

El libro que tenía en las manos era un ejemplar voluminoso, como casi todo el resto en los estantes, se acomodó los lentes y empezó a leer la portada. A pesar de dominar más de quince idiomas y seis lenguas consideradas muertas no logró identificar la escritura. No se parecía a nada que él hubiera visto con anterioridad. No eran caracteres orientales y no tenían nada que ver con ningún idioma occidental y nada que ver con los dialectos indígenas. El reto era magnífico, descifraría la escritura y su gloria no tendría parámetros. Seguramente se trataba de una antigua civilización perdida, tal vez ¿por qué no? tenía frente a él la biblioteca de la Atlántida

Su imaginación corrió desbocada. Con tanta información sería fácil descifrar la escritura. Seguramente existirían léxicos, diccionarios, tratados de la lengua. Se apresuró a buscar el catálogo. No fue difícil. Cada una de las salas tenía, cercana a la puerta, su propio catálogo. Su familiaridad con las bibliotecas lo llevó a buscar el catálogo, sería su primer paso. Triunfante descifró la clave del sistema de almacenamiento, con lógica de bibliófilo dedujo que los léxicos y vocabularios iniciaban las colecciones.

Tomó dos de ellos y empezó la comparación de los símbolos. El sudor le empañó los lentes, se los quitó para limpiarlos y tal vez por el leve temblor, efecto de la excitación, o lo húmedo de las manos, los anteojos – fatalmente- se estrellaron en el suelo.

Ningún poder humano le privaría del placer y la gloria de descubrir una civilización perdida. Era sólo un contratiempo, reponer los cristales sería cosa de un momento. Casi a tientas recogió los armazones y trató de orientarse entre salas y pasajes. En vano buscó la puerta, vagó inútilmente en el laberinto de libros y estantes hasta el horror, el infierno no tiene salida.

 

 

Griselda Gómez P.           San Luis Potosí SLP

 

 

TU NOMBRE

 

Griselda Gómez P

El pensamiento se metió como dolor, profundo, o quizá fue poco a poco, no lo sé. Pero se instaló en mi cabeza con voces intermitentes y apagadas. Empezó como un murmullo, un sonido inesperado, inconsistente. Como dos notas escapadas de alguna pianola somnolienta que recordaban algo, tal vez, un nombre.

Una noche, cuando escuchaba los gatos, las notas sonaban apenas, imprecisas entre dos pensamientos cualesquiera. El nombre cayó sin intensión, casual, apenas sin detenerse y se perdió entre otros nombres y recuerdos, entre otros anhelos, otras ficciones.

Así como se recuerdan los sueños, los sonidos del nombre se mezclaron con el ruido del día que nace, con otras voces, con el jugo de naranja, con el olor de los mangos, del pasto recién cortado, con el cereal crujiente de mis mañanas. Después se perdió entre los sonidos del agua de los grifos y las fuentes, en el estruendo de las ruedas en el pavimento, se fundió con el abrir y cerrar de puertas y cajones. Se unió con el aroma del pan y el sencillo olor a sopa; lo arrastró el viento junto con las flores de las jacarandas y lo dejó por la tarde en el perfume de un huizache.

No era más que un breve eco en el crepúsculo, cuando el oro viejo del sol se asoma a los balcones de las niñas ¿o será a sus ojos? cuando la luz más que calentar, cobija. Era un murmullo de calor que, si acaso, olvidó sobre la piel un roce con el eco de su nombre dejado caer como al descuido, como caen las hojas en otoño, suave crujido dorado que insinuó un leve nombre y lo coló en mi mente. A destellos imprevistos le puso una imagen que borró otras imágenes y recuerdos.

Fue apenas una ráfaga que invadió -suave como bruma- cada rincón, cada intersticio de la cama, cada espacio de la habitación, de los cubitos de hielo, del calor de mi estufa.

Mi sueño se trasformó en sonidos implacables, atronadores, que se repiten con la fuerza de lo insensato y la locura. Se grabó como tatuaje pegado al fuego del deseo y ocupó luz y tinieblas. Me machacó el cerebro, ocupó la risa y el llanto, justificó la demencia, se tornó pasión vesánica y -con insensatez- mis labios te llamaron…

Desde entonces tu nombre me devora el alma

 

San Luis Potosí SLP Agosto 06, 2003